Sabaya, Oruro – Enclavado en el altiplano sur de Bolivia, el imponente Cerro Sabaya no solo domina el paisaje físico de la región, sino también su memoria ancestral.
Para las comunidades originarias que habitan sus faldas, el cerro no es una simple montaña: es un Apu, un ser vivo y poderoso, que protege y a la vez demanda respeto.
En lo profundo de su historia se guarda una de las leyendas más estremecedoras de la tradición oral andina: el sacrificio de los primogénitos como ofrenda al cerro.
Según relatos transmitidos de generación en generación, el Cerro Sabaya habría sido, en tiempos antiguos, un volcán dormido con espíritu iracundo.
Cada cierto tiempo, cuando las sequías azotaban los cultivos o las enfermedades diezmaban al ganado, los sabios de la comunidad concluían que el cerro estaba hambriento. Para calmar su furia, los pueblos hacían un acto supremo de entrega: el sacrificio del hijo o hija primogénita.
Los relatos aseguran que estos niños eran preparados con rituales especiales, bañados en agua de vertientes sagradas y adornados con flores de la puna.
Luego, en una ceremonia secreta y solemne, eran llevados hasta una grieta en la cumbre del cerro, donde se les entregaba al Apu como símbolo de pacto y renovación con la naturaleza.
“Se dice que, después del sacrificio, la tierra florecía nuevamente y las lluvias regresaban”, cuenta don Elías Mamani, comunario de la zona y guardián de la memoria oral. “Era una ofrenda dolorosa, pero sagrada. El cerro protegía a cambio de respeto y entrega”.
Con el paso del tiempo, y la llegada de otras religiones y estructuras sociales, la práctica fue desapareciendo. Sin embargo, muchos pobladores aún creen que el Cerro Sabaya guarda las almas de aquellos niños, y que su energía continúa regulando el equilibrio del pueblo.
Hoy, la leyenda forma parte del patrimonio oral boliviano, y es recordada en rituales simbólicos durante el mes de agosto, cuando se celebra la Pachamama y se renuevan las ofrendas a la tierra. La historia del Cerro Sabaya es testimonio vivo de cómo el hombre y la montaña han convivido en un lazo de temor, respeto y profunda espiritualidad.


