Quillacollo no está en crisis: está colapsada. El municipio, cuna de la Virgen de Urkupiña y símbolo histórico de integración, ha sido destruido sistemáticamente por más de 20 años de malas gestiones, corrupción encubierta, incapacidad técnica y total ausencia de visión de desarrollo.
Hoy, la población expresa un hartazgo absoluto frente a una clase política que solo sabe reciclarse para seguir viviendo del poder. Quillacollo: ciudad secuestrada por la mediocridad política y condenada al abandono.
El escenario electoral es indignante. Todos los candidatos a la Alcaldía tienen un pasado oscuro, cuestionado o fracasado. Ninguno presenta un proyecto serio de desarrollo urbano y rural.
No existen planes, no hay propuestas técnicas, no hay visión metropolitana. Solo discursos vacíos, promesas gastadas y campañas basadas en el oportunismo.
En este panorama deprimente, aparecen como “favoritos” Óscar Claros, Luis Santa Cruz y Charles Becerra, no por méritos, liderazgo o capacidad, sino por la pobreza extrema de la oferta electoral.
Ninguno representa una verdadera renovación. Son el reflejo de un sistema político agotado que se resiste a morir y que pretende seguir administrando el fracaso.
El actual alcalde, Héctor Cartagena, es el símbolo más claro del abandono. Su gestión será recordada como una de las más intrascendentes de la historia.
Cinco años perdidos, sin obras estructurales, sin planificación, sin gestión y sin presencia. Quillacollo quedó huérfano de autoridad, sin rumbo y sin futuro.
Las consecuencias están a la vista y no se pueden ocultar:
Un crecimiento urbano caótico e ilegal
Contaminación ambiental sin control
Colapso de servicios básicos
Crisis económica y desempleo creciente
Área rural abandonada y sin apoyo productivo
Cero promoción del desarrollo y la inversión
Quillacollo fue saqueada políticamente, convertida en botín electoral y utilizada como plataforma personal por autoridades sin capacidad ni compromiso.
Mientras tanto, la población paga el precio del abandono, la informalidad, la inseguridad y la pobreza.
Resulta ofensivo que en nombre de la Virgen de Urkupiña se intente lavar imágenes políticas manchadas por el fracaso. La fe del pueblo no puede seguir siendo utilizada como escudo para encubrir la incompetencia y la irresponsabilidad.
La ciudadanía ya no pide cambios, exige una ruptura total con esta vieja y podrida forma de hacer política. Quillacollo necesita una limpieza profunda, nuevos liderazgos, planificación real y autoridades con capacidad técnica y moral.
Si en estas elecciones vuelve a imponerse el reciclaje político, el municipio seguirá hundiéndose. La responsabilidad será compartida entre candidatos sin propuestas y una clase política que ha demostrado ser incapaz, irresponsable y dañina para el futuro de Quillacollo.
La paciencia social se agotó. Quillacollo no merece seguir siendo gobernada por los mismos que la llevaron al desastre.



