Quiero referirme al hombre o mujer boliviana, que tiene una particular idiosincrasia egocéntrica y una vanidad que desborda su diminuta personalidad arribista en soberbia infundada.
Este particular ser humano, megalómano y maniqueo por su naturaleza y esencia, con cada una de sus acciones, golpea uno a uno los clavos de la crucifixión de Bolivia, pues no le importan nadie más que él o ella, se considera el centro del universo, el mesías de la verdad, para el cual los demás, son simples instrumentos y/o vehículos puestos a su disposición para que alcance su insaciable y única prioridad, su “felicidad” ostentando el poder, misma que se muestra en el existencialismo visual de su triste existencia, que se refleja en su falsa sonrisa de frívolas apariencias, donde su imagen flota a través de las redes sociales, presa y sin poder escapar, del ego que le confieren los “likes” y “corazones”, que inflan el pecho de su exacerbado narcisismo y de su falsa apariencia de humanismo.
Este insignificante sujeto, que carece de valor ético alguno, paradójicamente, creé ser la “reserva moral de la humanidad”, no le cabe duda, de que es la cúspide de la sociedad “progresista”, de la “elite” nacional, de la evolución en la historia humana en el marco de la cultura Woke y de la vida en la “Madre Tierra”, ya que él, ella, se sabe y considera, el mejor artífice de la “mentira organizada”, promotor entusiasta de la injusticia orquestada desde el poder “anticolonialista”, “antimperialista”, “socialista”, “indigenista” y “progresista”, del discurso coyuntural de moda, en el delirio de su infundada grandeza particular, en medio de un mar de ojos de pobreza que lo interpelan, a los que los elude y obvia con una simple y sarcástica sonrisa.
En la primera instancia de su acceso fácil y raudo a la política de la corrupción o a la corrupción de la política, no era líder, no era caudillo, no era cara visible, ni conocida, de ningún esquema de poder y menos de no poder, vivió sumergido detrás de esté, era siempre la mano “bronce”, la mano “cobriza”, que lanza la piedra, la molotov o la bomba con esquirlas, sin importarle a quien deje sin padres y/o hijos, pero vive oculto en las sobras, como las ideas en su mente o la ética en su conducta.
Lo único que le importa, es la riqueza, constante y sonante, de ese su imaginario y delirante “vivir bien”, no le importa el fondo de las cosas, pues lo único que le interesa es lucrar económicamente lo más rápido posible, buscar el redito monetario que le dé seguridad inmediata a cualquier precio, en medio de su vacío existencial de su vida sin sentido y sin propósito, eso sí, buscaba estar presente en protagonismo mediático inmediato de la forma, en frente de la postal, con la que le hade recordarle la historia y le ande admirar los poderosos como sumiso arlequín y servil “cortesano” del poder, no importaba si se mostraba en ello, el “logro presente” y/o la “derrota futura”, lo importante era estar en la foto, en la selfi y/o mejor aún, en las páginas sociales de la prensa cooptada y manipulada caprichosamente para servir sumisamente y servilmente al poder.
Desde muy pequeño o pequeña, escucho la frase “papito campeón” o “mamita reina”, el problema no es que solo la escucho de sus padres y/o abuelos, quienes la pronunciaban por cariño o por fomentar el engreimiento y malcriadez del individuo en cuestión, que se iba convertir en él manda más, el capataz, el “caporal” o “figura” morena de lo ajeno, en la entrada del carnaval del despilfarro y hurto del país más pobre de América del Sur.
Lo peor, es que creyó enfermizamente en ello, de quienes a lo largo de su vida le manifestaban que era un “campeón” o una “reina”, por el simple hecho de patear la pelota medianamente mejor que otros en un campeonato de barrio, colegio o sindicato, por haber hecho trampa con sus mañas en ese burdo juego que era el preludio a la farra, o por haber sido la princesa del colegio o la universidad, por su condición de ser más adelantada físicamente y/o buscar marido pudiente lo más efusivamente, por ello, era apetecida materialmente hasta por los primos y profesores que la veían como el “oscuro objeto del deseo”, sin comprender, que en los hechos, él nunca fue ni “campeón”, no gano ni una medalla de bronce en competencia justa alguna, ni ella fue “reina”, título heredado en el imaginario de grandeza del pasado “colonial” de los hacendados terratenientes de su “real” familia bastarda, deslumbrada por el zenit de la europea conquistadora y colonial a la que era absolutamente ajena, en lo aparente del falso entorno de su “vida social”, que sin embargo le permitió creer que tenía poder y dominio sobre los demás, sobre el resto, puesto a sus pies para pisotear y alcanzar cada uno de sus caprichos y ambiciones que engrandezcan la soberbia de su ilimitada vanidad.
Él, ella, era lo más enano del entorno, pero se veía como lo más alto, era lo más mestizó, pero se vía lo más blanco en la ciudad y lo más indio en lo rural, negando su identidad mestiza, de forma tal que era muy difícil conceptualizarlo con una imagen en el ser boliviano, a diferencia del Charro Mexicano, el Roto Chileno o el Gaucho Argentino, tenía vergüenza de afirmar su mestizaje, de ser cunumi y/o cholo; era lo más necesitado, pero aparentaba ser lo más pudiente, era lo más cobarde, pero se mostraba como lo más combativo, era lo más mediocre, pero creía que con la “viveza criolla” podría enmendar su gran falencia mental, se mostraba lo más auténtico, pero era lo más fingido, se mostraba lo más culto, pero demostraba ser lo más ignorante y funcional al poder, se mostraba lo más fino y gentil, pero era lo más torpe e insensible, decía ser lo más verdadero, pero era lo más falso, decía ser lo más ético, pero en realidad era lo más inmoral, corrupto y promiscuo.
Este peculiar ser humano, era el triste producto de una sociedad carente de valores y muy progresista en cultivar cada uno de sus antivalores, producto del “proceso de cambio”, de allí, que desde muy pequeño o pequeña, le enseñaron, que podía ser socapado por sus padres en su infancia, en las numerosas actitudes de mandamás, de hijita de papá o hijito de mamá, a la que siempre le compraban más de un vestido y un de zapato nuevo y, al que le gustaba el estilo de vida “jipi” o vestir “animal prints”, pero no con cualquier imitación china, tenían que ser prendas originales de “Benetton” , “Banana Republic” o de las ultimas pieles del tigre de bengala vivo en el planeta, al fin y al cabo, él o ella, se sentía parte intrínseca de la “elite” de una “República Bananera”, país al que desconocía en la forma y en el fondo, que obviamente lo único que tenía que hacer, era rendirle pleitesía, pues él era el “papito campeón” y ella la “mamita reina”, de ese su falso e hipócrita medio aparente y superficial.
Desde muy joven, le permitieron tomar alcohol o fumar en su entorno familiar, no por darle confianza y/o creer en su madurez adolecente, sino, para que afirme su rol de “campeón” o “reina”, en una sociedad con una columna vertebral machista, en la que su sangre es el alcohol, en la que los demás, eran los “vasallos” de su falso reinado o quienes jugaban, para que él sea quien meta el gol, donde obviamente él era el centro de admiración, pleitesía y construcción de su entorno de poder, en su imaginario, en su delirio de orgullo y vanidad infunda, en el vacío de sus valores, que busca llenar con las luces y colores de sus vestidos y/o en la apariencia de su gran y ruidoso automóvil último modelo, muestra de su evidente impotencia “freudiana”, que era el mejor disfraz de las deudas de su habitad, para embaucar al primer “inocente” o “ingenuo”, en la noche de cada año nuevo, pues siempre priorizo “el qué dirán” los demás, el “cómo te vez” ante los ojos de la “sociedad”, y no, el “que hago”, el “que soy” y menos el “que seré mañana” o que hare “por los demás” en mi vida, que hare por el país y por la humanidad. De allí su disimulo público, con la expresión de un “amor” por los míticos rituales infundados y/o reconstruidos de la nada, profanos fetiches de un “pachamamismo” indígena retrogrado o su exógeno vudú, dice que, de un culto “integrista” por la “Madre Tierra”, en un país con la mayor deforestación per cápita del mundo entero, con dramática frecuencia.
Arturo Gonzalo De la Riva Bozo
*Es Diplomático de Carrera.



