Quillacollo, una de las regiones más importantes del departamento de Cochabamba por su alta concentración poblacional, enfrenta hoy una de las peores crisis de gestión municipal de su historia.
El crecimiento acelerado y desordenado, provocado en gran medida por el éxodo de familias del área rural y de las zonas andinas del país, ha generado una expansión urbana caótica, sin planificación ni visión de desarrollo integral.
Lejos de convertirse en el paladín del desarrollo metropolitano de Cochabamba, Quillacollo se ha transformado en un escenario repetitivo de improvisación política, corrupción y ausencia de liderazgo.
Durante años, la alcaldía municipal ha sido utilizada como botín político, donde autoridades de turno llegaron no para servir, sino para servirse del Estado, dejando una ciudad sin rumbo, sin obras estructurales y sin políticas públicas sostenibles.
Hoy, de cara a un nuevo proceso electoral municipal, emergen candidatos que repiten las viejas prácticas de la politiquería: campañas vacías, bailes en plazas públicas, regalos y dádivas para comprar conciencias, pero sin una sola propuesta seria de desarrollo urbano, rural o económico.
No presentan planes técnicos, no hablan de ordenamiento territorial, no proponen soluciones al transporte, a la inseguridad, al acceso a servicios básicos ni al empleo.
Analistas y sectores sociales coinciden en que ninguno de los actuales aspirantes demuestra capacidad real de gestión, experiencia administrativa ni liderazgo estratégico.
La actual gestión municipal ha sido calificada como desastrosa y pésima, profundizando el deterioro institucional y la desconfianza ciudadana.
En Quillacollo se ha normalizado cambiar alcaldes “como calcetines”, sin que exista continuidad, planificación ni rendición de cuentas.
La falta de renovación de líderes emergentes, preparados y comprometidos con la ciudad, ha convertido la política local en una verdadera chacota. Se ha reemplazado el debate de ideas por el espectáculo, la gestión por el show y el compromiso por el oportunismo electoral.
La ciudadanía de Quillacollo merece respeto. No más bailes, no más regalos, no más mentiras. Es momento de exigir sinceridad política, propuestas concretas y soluciones reales a los problemas estructurales que aquejan al municipio.
Quillacollo no necesita improvisados ni mercaderes del voto; necesita líderes con visión, ética y capacidad de gestión.
El futuro de la ciudad no puede seguir secuestrado por la mediocridad política. La población debe abrir los ojos y exigir proyectos, no payasadas; planes, no promesas; desarrollo, no corrupción.



