Cochabamba se ha consolidado en los últimos años como el paladín del desarrollo económico, social y productivo de Bolivia.
Hoy es una región moderna, atractiva y dinámica, considerada por muchos como la mejor ciudad del país, no solo por su crecimiento urbano, sino por su calidad de vida, su identidad cultural y su proyección económica.
Esta transformación no ha sido casual. Pese a la cruel, desmesurada y permanente oposición de los polítiqueros de siempre, la gestión municipal encabezada por Manfred Reyes Villa logró cambiar el rostro de Cochabamba, apostando por obras estructurales, planificación urbana y una visión de ciudad moderna. Cochabamba pasó de la improvisación al orden, del abandono al progreso.
Hoy, la ciudad es atractiva y coqueta, un referente nacional en turismo, gastronomía, servicios y desarrollo urbano, sectores que se han convertido en motores clave de la economía regional.
La Llajta dejó de ser solo un punto de paso para convertirse en un destino, generando empleo, movimiento económico y orgullo ciudadano.
Sin embargo, este avance enfrenta una seria amenaza. De cara al horizonte 2026 y a los próximos procesos electorales municipales, surge una profunda desconfianza ciudadana. Nuevamente aparecen en el escenario político candidatos sin experiencia en gestión, sin conocimiento del desarrollo urbano y productivo, y sin visión de futuro. No representan renovación ni cambio; representan improvisación y riesgo.
Más preocupante aún es el retorno de políticos reciclados del MAS, herederos del proyecto político de Evo Morales, que destrozó Bolivia, desperdició la bonanza económica y dejó al país sumido en crisis, dependencia y atraso. Estos actores no traen propuestas nuevas ni soluciones; traen el mismo discurso agotado, la misma lógica clientelar y el mismo fracaso probado.
Cochabamba no puede darse el lujo de retroceder. No puede entregar su futuro a improvisados, a reciclados del pasado ni a aventureros electorales que nunca construyeron nada y ahora quieren administrar lo que otros levantaron con esfuerzo.
Esta no es solo una reflexión política; es una advertencia histórica. El desarrollo no es irreversible. Se puede perder en pocos años lo que costó décadas construir. Cochabamba necesita continuidad con renovación responsable, liderazgo con experiencia y una visión clara de ciudad y región.
El desafío no es menor: defender lo avanzado y proyectar una Cochabamba aún más moderna, productiva y competitiva.
El pueblo cochabambino tiene la palabra y la responsabilidad de no permitir que la mediocridad política destruya lo que hoy es motivo de orgullo nacional.



