El área rural de Bolivia atraviesa una de las crisis más graves de las últimas décadas. Lo que antes eran comunidades vivas, productivas y autosostenibles hoy se están convirtiendo en pueblos fantasmas, donde solo quedan ancianos abandonados, casas vacías, tierras sin producir y un futuro que parece haberse marchado junto con los jóvenes.
La Bolivia profunda —el campo, la agricultura, las comunidades indígenas y campesinas— está pagando el precio más duro del colapso económico que vive el país.
La falta de agua, la ausencia de empleo, la migración masiva y el deterioro total de los caminos han dejado a los productores sin herramientas para sobrevivir.
Producción paralizada: tierra fértil, país estancado: En zonas rurales de todos los departamentos, los pobladores coinciden en la misma frase: “Ya no vale la pena sembrar. No hay apoyo, no hay agua, no hay compradores.”
La producción agrícola se reduce cada año por múltiples factores: Sequías prolongadas. Falta de sistemas de riego. Caminos intransitables que impiden sacar productos. Encarecimiento de los insumos. Ausencia total de inversión estatal en el agro.
El resultado es devastador: la pobreza crece, el hambre se hace más visible y la migración se vuelve la única salida.



